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De camino a Portland

Me decidí a pasar unos días en Portland con John y Santiago (una buena oportunidad para cambiar de aires) la cosa había estado muy movida últimamente, el ritmo de trabajo en San Francisco puede llegar a ser algo estresante, pareciera que todos están muy sumergidos en su mundo que si te dejas tantito terminas igual. Bien dicen que todos estamos medio locos, claro que hay de locuras a locuras, pero en este nivel, es importante tomarse un momento para respirar.

Salimos de la casa 04:00pm, el vuelo salía hasta las 08:20pm pero insistió en salir temprano (tempranísimo) porque tenía que regresar a la oficina, estaba esperando una llamada importante. Yo la verdad, hubiese preferido salir una hora más tarde, no tenía ningún problema en irme sola hasta el aeropuerto, me da un poco lo mismo; y aquí es cuando mi madre me pediría que me dé mi lugar de señorita, ¡Pero es que de señorita ya no queda mucho madre! Además, con lo que me molesta el término, si el adjetivo termina siendo la muestra clara de la sociedad machista en la que vivimos ¿Señorita? ¿Acaso también se habla de señoritos? Y luego no falta alguna bruta que hasta lo exige (siendo justa, debo incluirme) ¿ Y cómo no hacerlo? Si lo tenemos grabado hasta el tuétano. Cuestión de roles, porque por más “bato” que sea una, nunca dejarás de ser tratada como “vieja” y en el fondo no todas lo quieren. Como mujer quieres los privilegios de la modernidad de los tiempos, pero no quieres las responsabilidades. El mundo es de los hombres. Ser congruente requiere de “tamaños” y la comodidad es una necesidad constante porque, ¿por qué he de partirme el lomo si puedo evitarlo? (dicen)Total, ahí venimos caminando. Gracias a Dios me acompaño, por que la mochila estaba muy pesada 😉

No deja de sorprenderme la cantidad de gente viviendo en las calles, es como salir/entrar al manicomio, la indigencia en San Francisco es de dar miedo, porque no es que sean viejitos tocando el arpa pidiendo una moneda, o señoras con cinco chilpayates vendiendo mazapanes, chicles o pegándote corazones en la camisa para después pedirte cooperación. No. Son tipos llenos de llagas en el cuerpo, completamente fuera de sí; vamos el típico fulano que te encuentras por ahí a veces en el parque México, a veces en el centro de la ciudad y así… o en su defecto el gorila enorme y súper fuerte que te parte de una, y además aquí con el plus de estar semidesnudos!… pero, ¡nunca una comunidad entera!, por lo menos yo nunca lo había visto así, cinco, seis en una sola esquina completamente trepados en el avión, a plena luz del día, en algún parque hasta con sus tiendas de campaña; y como también es cierto que no dejas de ser más vulnerable ante la mirada de los machos, no es mala idea salir acompañada por “uno” si por algo tienes que caminar por esos rumbos. Es impresionante como cambia el paisaje solamente con caminar unas cuantas cuadras. De este lado camino a la “Marina” la fauna es diferente (aunque no dejas de ver de vez en cuando algo tirado a media banqueta) como todo es cuesta arriba, mi vista es privilegiada y al parecer a ellos les dará mucha flojera subir.

-El otro día de camino a la biblioteca que está justo al lado de la escuela (que parece cárcel) me encontré a dos tirados así sin más, cada uno en distintas calles. Venía yo caminando muy campante y apareció, tienes que fijarte bien porque se pueden confundir con cualquier bulto (luego no se les ve forma) me quedé parada un momento, pensando en si debía acercarme a preguntar algo, pedir ayuda ¿o que?. No tuve que hacerlo por mucho tiempo, un tipo del corte “galán de balneario” paso por un costado del tipo tirado en el piso y lo pateo (ligeramente) así pude darme cuenta de que estaba vivo. El tipo grosero, porque el indigente no le había hecho absolutamente nada, cuando lo pateó (ligeramente) también le dijo que se pusiera a trabajar y siguió su camino, no sin antes llevarse de mi parte una mueca de disgusto profundo y un shame of you.

Me seguí hasta la biblioteca y de regreso me encontré con la otra, a esta si me le acerque a preguntar si necesitaba ayuda, me dijo que sí. Pregunte si necesitaba que le llamara una ambulancia. Me dijo que era pobre pero que no estaba herida ni nada, su aliento…estaba súper alcoholizada, quería dinero y dinero no tenía-.

El macho me acompaño hasta la entrada del BART, yo aborde dirección aeropuerto. En el camino me acompaño una pareja que viajaba en dirección a Tokio y que había estado apenas hace dos meses en Portland, por lo que me recomendaron mucho el lugar; una pareja de chicas guapísimas de mirada penetrante que me pusieron nerviosa todo el camino, se sentaron frente a mí y al bajar me las encontré de nuevo en el torniquete mientras peleaba con el boletito, justo detrás de mi y me dijo:

– A mi siempre me pasa lo mismo.

Se me cayó el ticket de la mano, lo recogí lo mas rápido que pude, ella se quedo parada y me lanzó una sonrisita como de película, yo… con mi trenza.

En fin, llegue con suficiente tiempo de anticipación. Fue un vuelo tranquilo.

John y Santiago llegaron por mí y los abracé, hacía mucho que no lo hacía.

 

De camino a Chinatown

Mi idea era irme temprano a la reunión para escritores en Valencia Street. Había calculado alrededor de una hora caminando, igual y un poquito más tomando en cuenta las subidas y bajadas, ya me había dado cuenta de lo pesado del camino. En esa ocasión había caminado toda la calle de California, que es toda cuesta arriba hasta la Mason Street, de ahí había que bajar sobre ésta, hasta la Market. De ida todo estuvo “perfecto”. 20150617_134140El problema fue de regreso, aunque viéndole el lado positivo estoy haciendo el ejercicio que no había hecho en tres meses los cuales estuve pegada a la computadora gracias a la cantidad de tarea en la escuela.

En fin, había visto a mi amigo Marcelo el martes para el almuerzo, ya me había desaparecido bastante pero la verdad es que no tenía ni tiempo ni ganas de ver a nadie.

Paso por mi al departamento y de ahí lo acompañe al súper por algo de despensa para su casa y aprovechariamos para comprar algo para el almuerzo. Compro unas ensaladas que fue al final lo que almorzamos en su casa. Tenía que estar a las 3:30 en su trabajo para un examen sobre bebidas que tenía que presentar como parte de los requisitos  a cubrir para obtener la plaza que estaba buscando en este nuevo lugar al que quería entrar. Había dejado su anterior chamba debido a que sólo estaba trabajando dos días a la semana, lo cual era muy poco para mantener un estilo de vida decente en esta ciudad. Lo que me hizo pensar: ¿por qué querer mantener un estilo de vida del cuál te quejas amargamente, el cuál no disfrutas?

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Camino a Tepotzotlán

El sol brillaba en todo su esplendor, era la 01:00 de la tarde cuando me encontré con Monse en la iglesia a un costado del museo. Había tardado más de lo esperado, sobre todo al llegar a Cuautitlán, ahí me había quedado de ver en un principio con ella para de irnos juntas en su coche hasta Tepotzotlán; pero las cosas no habían salido de acuerdo a lo planeado, por alguna razón los mensajes nunca le llegaron y al parecer dentro del tren suburbano, el teléfono no tenia señal.

Cuando por fin llegue a la última estación del suburbano (Cuautitlán), fue que pude entonces comunicarme con ella. Me dijo que la esperara ahí alrededor de media hora, preferí entonces tomar transporte público que hace mas o menos el mismo tiempo –según el chofer- que lo que mi amiga haría desde el municipio donde ella vive hasta Tepotzotlán, así que me subí al pesero. El chofer me convido muy amablemente a compartir el asiento delantero con él, lo preferí ya que el asiento del copiloto viene mucho mas amplio y cómodo, que atrás con toda la bola, además que estaba mucho mas cerca del aire acondicionado, que en dichas condiciones resulta de vital importancia.

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De Ida y de Vuelta

Necesitaba que lo acompañara a comprar no sé que cosa en la “Mission” paso por mi a las 11 de la mañana, el día estaba bastante bonito así que valía la pena salir a caminar un rato. Había querido que saliéramos en la noche a tomar algo, pero como en la noche espantan decline la oferta, se la cambié por un desayuno el viernes que al final, termino siendo almuerzo.

La tienda a la que íbamos estaba en la calle de Guerrero paralela a la “Mission”. Era una tienda de productos naturistas y orgánicos la cual era atendida por dos señoritas muy en la onda “zen”. Desde la entrada se podía sentir el olor a incienso tipo iglesia. Ellas vestidas de blanco y de rostro relajado, te recibían con una sonrisa; la música de fondo eran algunos ¡Ooooommmmssss…! Y las campanas.

Buscábamos unas esferitas de cristal para la buena onda del tipo “feng shui”, quería regalársela a su amigo/compañero del kitesurf que había sido muy generoso con él, pues siempre le había hecho presentes del tipo “vamos a completar el equipo”, así que era momento de retribuir y al esplendido de mi amigo no se le ocurrió otra cosa más que comprar la esfera de cristal. Las encontramos, pero decidió no comprar nada, (quesque eran muy grandes!?) Lo entiendo, siendo el tan chiquito TODO LO VE MUY GRANDE. Para ese entonces ya moría de hambre.

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Happy Pride #LoveWins

 El desfile arrancaba a las 10:30 am como todos los años. A las 08:00 de la mañana ya estaba metida en el baño, había pensado en hacer un par de entrevistas sin ningún objetivo en particular, pero me parecía un evento muy importante y dada la relevancia de las últimas noticias emitidas por el congreso en las que por fin se reconocía la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo (que nada tiene que ver con un tema religioso), pues me parecía de suma importancia tener algunos testimonios.

Me fui caminando desde Broadway St. por toda la de Polk, hasta la Market St. a la altura del Civic Center que era donde terminaría el desfile. Todo el camino hubo mucho movimiento, los grupitos de gente se identificaban claramente, desde los muy coloridos hasta los leathers. Conforme avanzaba en el camino, el volumen de la música subía y la afluencia de la gente se pronunciaba, eran las 10:30 de la mañana, para las 11am ya estaba en medio de la verbena popular en pleno Civic Center Plaza.

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Una tarde en el Edén

La ciudad de México a menudo ofrece una diversidad de especímenes importante en la jungla de asfalto. Recuerdo que en mis primeros años en la ciudad, había una efervescencia de argentinos que llegaban con esos ojos hermosos y esa confianza canchera que te derretía.

Pero, ¿que fue lo que paso? ¿qué fue lo que termino con el encanto? ¿acaso fue sólo una estrategia de conquista de nuevos horizontes? ¿asi es como se hace la introducción de nuevos sujetos en plan ocupacional de territorios, justificados en su encanto latino que tanto les gusta negar? (dada la cercanía emocional histórica con Europa…)

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La primera de muchas

 

Decidimos irnos a una de éstas reuniones en donde conoces y te conectas con gente que está haciendo más o menos lo mismo que tú o que tienen algún proyecto en común o que simplemente tienen ganas de ayudar. A él lo invitaron personalmente porque es programador, yo me le pegue porque acababa de llegar y me parecía importante saber de que se trataba y cómo estaba la movida por estos lares. Así que me puse decente y nos fuimos. Tomamos el muni (igualito al metrobus) que te lleva hasta la estación del tren, muy cerca del estadio de beisbol de los Gigantes de San Francisco. Nosotros caminamos en dirección contraria. En esa dirección está todo un tanto desolado, está en construcción y la poca gente que hay son estudiantes dado que hay dos escuelas que yo pude reconocer en la zona, una es de arte y la otra donde era la reunión. Lo sé, porque en otra ocasión que me toco ir por allá, me detuve un poco para ubicarme y justo lo hice en unas bancas que están sobre esa calle frente a la construcción. La bancas pertenecían a la escuela de arte que estaba a mis espaldas y donde yo paré era la “parada” del autobús escolar. Ese día había un par de jovencitos esperando a las afueras de la escuela, yo me senté muy campante y me prendí un cigarro. Y en eso estaba, tratando de entenderle al maldito teléfono, observando a mi alrededor cuando de repente apareció Don José, un señor bajito, morenito y canoso que traía una maleta

que a leguas se veía que le pesaba un buen. Se veía desorientado, se me quedo viendo, le sonreí y me pregunto si hablaba español, a lo que le contesté que sí, hizo un gesto de alivio y me dijo: Sigue leyendo